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nos acordamos de todo menos de jesus en su cumpleaños.

Nuestro mundo tiene absoluta necesidad de personas tranquilas y sencillas, de personas amables que en los comercios te atiendan con una sonrisa, que al conducir no se comporten agresivamente, que no la tomen contigo cuando cometes un error.
Sé prudente en tus juicios. Las palabras son armas potentes que pueden hacer mucho daño. Que tu lengua no se burle de nadie. Que tu boca no desprecie nunca a nadie. Una palabra dura, una palabra fuerte pueden arder mucho tiempo en tu corazón y dejarte una cicatriz.

Acepta que los otros sean “otros”, que piensen distinto a ti, que obren distinto a ti, que sientan distinto a ti, que hablen distinto a ti.
Hablemos un poquito del adviento que celebramos en estos días.
A veces en el ajetreo, en el ruido de cada día, no soy consciente de este tiempo de preparación, de esta espera… Ojala, pueda vivir con intensidad este Adviento, dando respuesta de Esperanza, de Confianza… Se nos invita a ser testigos de ese Dios/Pobre, sencillo, humano, cercano… un Dios que quiere entrar en nuestras vidas para llenar nuestros vacíos, nuestra soledad, nuestra falta de ilusión, nuestra indiferencia.. Qué mi corazón este abierto, alerta, en espera… en confianza para que el Amor pueda hacerse presente.

Pobre Dios

Ojalá, Señor, te llegue mi voz.
Aquí estoy.
Sin grandes palabras que decir.
Sin grandes obras que ofrecer.
Sin grandes gestos que hacer.
Solo aquí. Solo. Contigo.
Recibiré aquello que quieras darme:
luz o sombra. Canto o silencio.
Esperanza o frío. Suerte o adversidad.
Alegría o zozobra. Calma o tormenta.
Y lo recibiré sereno,
con un corazón sosegado,
porque sé que tú, mi Dios,
también eres un Dios pobre.
Un Dios a veces solo.
Un Dios que no exige, sino que invita.
Que no fuerza, sino que espera.
Que no obliga, sino que ama.
Y lo mismo haré en mi mundo,
con mis gentes, con mi vida:
aceptar lo que venga como un regalo.
Eliminar de mi diccionario la exigencia.
Subrayar el verbo “dar”.
Preguntar a menudo: “¿Qué necesitas?”
“¿Qué puedo hacer por ti?”,
y decir pocas veces “quiero” o “dame”.
Y así sigo, Dios: Aquí,
sin más, en soledad.
En silencio.
Contigo, mi Dios pobre.

EL SUEÑO DE LA VIRGEN MARÍA

José, anoche tuve un sueño muy extraño, como una pesadilla. La verdad es que no lo entiendo. Se trataba de una fiesta de cumpleaños de nuestro Hijo.

La familia se había estado preparando por semanas decorando su casa. Se apresuraban de tienda en tienda comprando toda clase de regalos. Parece que toda la ciudad estaba en lo mismo porque todas las tiendas estaban abarrotadas. Pero algo me extrañó mucho: ninguno de los regalos era para nuestro Hijo.
Envolvieron los regalos en papeles lindísimos y les pusieron cintas y lazos muy bellos. Entonces los pusieron bajo un árbol. Si, un árbol, José, ahí mismo dentro de su casa. También decoraron el árbol; las ramas estaban llenas de bolas de colores y ornamentos brillantes. Había una figura en el tope del árbol. Parecía un angelito. Estaba precioso.

Por fin, el día del cumpleaños de nuestro Hijo llegó. Todos reían y parecían estar muy felices con los regalos que daban y recibían. Pero fíjate José, no le dieron nada a nuestro Hijo. Yo creo que ni siquiera lo conocían. En ningún momento mencionaron su nombre. ¿No te parece raro, José, que la gente pase tanto trabajo para celebrar el cumpleaños de alguien que ni siquiera conocen? Me parecía que Jesús se habría sentido como un intruso si hubiera asistido a su propia fiesta de cumpleaños.
Todo estaba precioso, José y todo el mundo estaba tan feliz, pero todo se quedó en las apariencias, en el gusto de los regalos. Me daban ganas de llorar que esa familia no conocía a Jesús. ¡Qué tristeza tan grande para Jesús – no ser invitado a Su propia fiesta!
Estoy tan contenta de que todo era un sueño, José. ¡Qué terrible si ese sueño fuera realidad!
Que Dios los bendiga y el proximo año les traiga la felicidad soñada.
Padre Miguel Mufrege

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